Dicen que cuando el Almirante Guerrero se enteró que su esposa vivía con otro hombre se desmayó. Despertó en Saturno siendo arrastrado por un río. Estos cauces contienen aguas violentas, además son anchos como un océano y tan espesos como la sangre coagulada.
Al Almirante no le enseñaron a nadar y tuvo que aferrarse a una roca volcánica que navegaba errante. Y así pasaron meses hasta que logró posarse sobre una isla. Durmió solitario bajo la sombra de un enorme cisne momificado. Ahí falleció acurrucado.
Las corrientes de viento envolvieron su cadáver congelando su cuerpo, entonces sus intestinos surgieron intempestivamente y resquebrajaron su piel alzándose por los aires como un dragón que salpicaba sangre.
Lo mismo sucedió con el resto de los órganos, que huyeron despavoridos del fallecido Almirante Guerrero. Cada uno salió disparado por distintos rumbos rebotando contra las paredes del universo, avergonzados de pertenecer a un cuerpo incapaz de cautivar el amor de esa mujer.
Cuentan mis vecinos que cuando un enamorado tropieza una parvada de riñones atravieza el firmamento. Aunque aquí en mi colonia suelen mentir con frecuencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario